Historias que inspiran

Adiós, palabrista.

Un día como cualquiera, Esteban, a sus 80 años, se subió a un taxi en la Capital Federal, tuvo la charla habitual con el taxista y se bajó, satisfecho con el viaje y la conversación, a seguir su rumbo cotidiano. Quizás para él esto era habitual, pero lo cierto es que en ese viaje la charla tuvo una calidez especial, incluso un tinte intelectual. Él supo escuchar, aconsejar y se bajó del auto con una satisfacción diferente. Lo mismo le ocurrió al taxista quien, con sumo placer, pudo entablar dicha conversación con uno de los grandes intelectuales que ha tenido este país.
Esteban Peicovich, más conocido como el palabrista, como a él le gustaba llamarse, fue un ícono del periodismo y la poesía en nuestro país. Muchos lo recordarán por sus charlas con personajes de la política y la cultura, como lo fueron Juan Domingo Perón y Jorge Luis Borges. Un currículo imponente, sin dudas, para un hombre ilustre y común que pasea por las calles porteñas y conversa con el taxista como cualquier otro. Aún así, ese día le interesó saber más sobre lo que le comentaba el taxista, hizo preguntas, presentó su tarjeta personal y le pidió e insistió que, por favor, la persona de la cual hablaba el taxista se comunicara con él.

Dudé varios días en escribirle un simple correo, hasta que finalmente escribí a la dirección que figuraba en la tarjeta. Él respondió que quería ayudarme. Me dijo que mi padre le había comentado entusiasmado mi amor por la palabra. Él propuso una charla porque merecía una mejor respuesta, oralmente.  Yo le comenté que estaba un poco perdida, pasaba por momentos de altibajos, sobre todo con mi arduo trabajo desde un proyecto que trataba, contra viento y  marea, de llevar la lectura a todo lugar donde pudiera. Hablamos de la escritura. Él dijo: "descreo del taller literario y del periodismo de hoy. Ha nacido otra época". Me pidió indagar en eso. Leyó mi blog, me dijo que iba bien, que era el camino. Le envió abrazos a su amigo taxista, que lo felicitaba por su hija.
La charla tardó en llegar. Pasaron dos años y el palabrista me invitó a su programa radial en Radio Ciudad. Me dijo: "¡Vamos a hacer la contraferia!" porque, sin duda, él y yo defendíamos la posibilidad de acercar la lectura de manera abierta a la gente, creíamos en que la lectura era algo digno que no merecía ser tratada como espectáculo, defendíamos lo público, defendíamos aquello que más se acercara a la gente. Durante el programa me insistió con seguir adelante con este proyecto que ya empezaba a tomar forma de organización. Me insistió también en llevarle la lectura a los abuelos y, tiempo después, eso se concretó y se lo comenté con alegría.

Pasaron ocho años de un encuentro que abrió la puerta a este vínculo que hoy siento que fue fugaz. La charla de café de los primeros intercambios por email no sucedió. Hoy pienso ¿qué rumbo habría tomado yo si se hubiese dado? Él estaba dispuesto a encaminar mi amor por las letras. Él fue una de esas personas generosas que aparecieron en mi vida, de esas a las que debo decirle un adiós y un gran gracias hoy. ¿Qué somos sin las palabras que alientan y empujan nuestras vidas? ¿Qué somos sin esos seres que rondan en la vida agradeciéndonos ser como somos y por dar lo que damos? A los 88 años él se fue a seguir otro rumbo, ya no en taxi, o tal vez sí, por otros caminos que desconocemos. El país, su familia, sus amigos, conocieron a un Esteban Peicovich. Yo conocí a un Esteban que, sin conocerme, más que por palabras de mi padre, me dijo en el momento indicado: "No abandones tus sueños. Buscá tu voz".

Daniela Rosito.
(Directora de Leamos un Libro)