El valor de la palabra

Por Daniela Rosito.

Se acerca el final de otro año que nos ha dado grandes satisfacciones. Uno de los logros de este 2016 es haber cumplido una meta más dentro del Programa Comunitario ofreciendo un espacio para la palabra, como me gusta decirle, en los hogares de abuelos. Tengo la suerte, como directora y voluntaria, de pasar por todas las actividades que LUL ha hecho durante años. Cada una tiene su sabor particular, sus gratificaciones, sus dificultades, sus logros. Este año, personalmente, me ha tocado vivir una de las mejores y es, precisamente, el compartir cada jueves en el Hogar San Germán con los abuelos algo de eso que soy y que viene conmigo: las letras. Al principio, el grupo de voluntarios que asiste a los hogares de abuelos no sabía con qué expectativas emprender esta tarea, pero más allá de la difícil tarea de dedicarnos a un grupo etario tan especial como este, la realidad ha superado cualquier expectativa. Aprendimos en este camino que estamos emprendiendo que la palabra sigue siendo lo más esencial y que ella, en contextos como estos, ha permitido que se recupere la imaginación tal como un niño, ha abierto un canal de comunicación importante entre las mismas personas que todos los días conviven bajo el mismo techo; ha logrado forjar una confianza, sin duda, especial para con nosotros; ha permitido que los problemas y las dolencias se dispersen para darle lugar a la poesía, a los juegos de letras, a las anécdotas divertidas, a las canciones, a los chistes, a las sonrisas. Es difícil expresar con palabras lo que llega al alma. Creemos que es mutuo o, al menos así, nos lo transmiten. La lectura a otros es importante porque es una forma de compartir, sobre todo cuando parece que tenemos cada vez menos tiempo de escuchar al otro. Hoy quisiera transmitirles a ustedes, lectores, lo que una mirada de un abuelo puede decirnos, o al menos, lo que esa mirada me dice cuando recito un poema, cuando les leo el texto que armaron entre todos, cuando les contamos sobre nuestra tarea o cuando simplemente aparecemos con nuestro saludo eufórico. Pero solo quedan hoy las palabras. Agradezco a cada voluntario la gran tarea que llevan a cabo, porque hemos logrado ser parte de esas vidas a través de la palabra y siendo lo que somos, con lo mejor que tenemos.
Les regalo, por último, un poema que escribí con cada aporte de los abuelos del Hogar Del Valle en Florida.

Suspiros de tu boca de fresa
Sueños que tienes al dormir
Sueños de ir hacia aquel lugar
del cual siempre vuelves.

Silencio penetrante,
como el que estremece
en la entrada de la Iglesia.
Olvidar aquellas horas de silencio,
como se olvidan las horas
frente al pupitre de la escuela.

Hermoso jardín el de ella
al que quiero entrar.
Bello jardín en el que quiero
permanecer contigo.