Ciclo de autores de Vicente López: Loreley El Jaber y José María Guerrero

José María Guerrero

escritores-35Nació en Buenos Aires en diciembre de 1942. Casado, tres hijos y cuatro nietos, radicado en Olivos. Licenciado en Publicidad, graduado en la UCES, y Consultor Psicológico (Escuela Argentina de Psicología Social).
La premisa fundamental es escribir por placer, dictamina el escritor. Describe vidas ajenas o rescata recuerdos de los seres anónimos sin memoria. Adora la mentira verosímil, la realidad es un conjunto de creencias, y la humanidad un enorme oxímoron.  Desde historias ficticias cargadas de realismo hasta sueños fantásticos. Siempre en prosa, con profundo respeto por la poesía. El teatro lo entusiasma, acelera su respiración y disfruta de los personajes que dialogan con vehemencia, ternura o un poco de insanía, sentimientos y estados alterados, propios de las contradicciones sociales. En el proceso aparecen en primer lugar las imágenes, luego el concepto o significado y más tarde las palabras que completan la idea, refuerzan o debilitan la comprensión. No le gustan los relatos lineales, admira los meandros de los riachos que siguen buscando lugares nuevos para regar.
Se han publicado tres libros suyos: “Recuerdos Ficticios”, una serie de cuentos, “Flor de Lis”, novela en capítulos unitarios, y “Mostradores”, una obra de teatro. Ha participado en diversas antologías y ha obtenido tres primeros, distinciones especiales y menciones de honor en concursos literarios de cuentos y dramaturgia.

Fragmento de “Recuerdos ficticios”

Parecía viejo por su forma de caminar, aunque no había llegado a los treinta. Rodilla izquierda tiesa, soldada; hombro derecho inclinado, para facilitar el balanceo siniestro, ese que le daba su particular estilo, casi reciente, después de la caída. Y el resto de la figura acompañaba; metía miedo entre los pibes del club. Roeglio Setanta había sido un mediocre maratonista, hasta que se dedicó a trepar balcones y tomar prestado, a cuenta de unos prometedores caballos, que ignorantes ellos, nunca se apuraban por llegar. Tuvo suerte en el aterrizaje desde la linda casa de Florida; no había nadie en la calle, era de madrugada, verano, calor, vacaciones. Estuvo tirado boca abajo, hasta que el mediodía se lo llevaron a la salita, luego al hospital y de allí escapó, evitando molestias explicaciones. Lo ayudó el adivino del barrio, amigo de ley, ciego total. Costaba imaginarse a Ramón, con anteojos oscuros y bastón blanco, empujando la silla de ruedas desde el hospital hasta la casa de Rogelio, en Munro.

Loreley El Jaber

b6750-598725_367543529994429_840854256_nNació en Buenos Aires en 1972. Es poeta y ensayista. Es Doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires e investigadora  del Conicet. Es docente de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Publicó su libro La Playa (Viajera Editorial, 2010), La Espesura (Ediciones Del Dock. 2016) y diversos poemas en las revistas Contratiempo (Chicago, 2007), Casquivana (Buenos Aires, 2012) y Sala Grumo (Buenos Aires/ Río de Janeiro, 2013 y 2015). Poemas suyos fueron traducidos al portugués.
Sus publicaciones incluyen, entre otros, el libro de ensayo Un país malsano. La conquista del espacio en las crónicas del Río de la Plata (2011) y el volumen “Una patria literaria”, de la Historia crítica de la literatura argentina (2014), que coordinó en colaboración.

Tres poemas de “La espesura”

Estoy anclada en un mar
de profunda espesura
intento remar
me detengo en la consistencia
de esa agua sin luz
y entiendo que mi destino
no está en el avance ni en el movimiento
ni siquiera en la persistencia
sino en esa espesura repleta de pliegues
que me convoca
a través del tiempo

Qué ganas de desaparecer
que no haya ni tierra ni lógica ni esperas
desaparecer por un rato
y flotar liviana
acariciando el viento
revolcándome en el aire tibio de la mañana
con mi pelo dibujando el cielo
y la mirada limpia
sin un gramo de espesura

Hay un punto
entre tiempo y tiempo
un momento dulce
en que la espereza se hace a un lado
y nosotros
nuestros ojos

un punto
sin escritura posible