Cuenteada primaveral

Las Cuenteadas en las plazas suelen ser algo bastante espontáneo, con difusión y convocatoria durante la semana, pero algo bastante simple y casero. Siempre hay que asegurarse de convocar a narradores y lectores para que elijan el repertorio de cuentos que más les guste y que se pueda relacionar con el tema de la cuenteada en cuestión.

Yo siempre selecciono algunas lecturas breves y las llevo para leer allí. Nunca había narrado, hasta este sábado. Y si uno también tiene que dar cuenta de un progreso a nivel personal como mediadores, yo puedo decir eso respecto a la narración oral desde este sábado.
Narrar no es una tarea fácil. Yo descubrí el poder de la palabra oral gracias a las dos narradoras que siempre nos acompañan: Beatriz Gugliotti y Graciela Sarcone. Ellas son las narradoras que admiré desde un principio, desde el día que las vi narrar por primera vez. Con ellas tuve la oportunidad de compartir varios de estos eventos y realmente ¡nos han regalado cada historia!
El año pasado tuvimos en nuestras reuniones de voluntariado una hora para dedicarle a capacitaciones. Una de ellas fue de narración oral, coordinada por Beatriz. Nos trajo un ejercicio práctico y todo. Aprendí los tips que necesitaba, según ella, para aprender a soltarme un poco más. Yo no me creo con potencial para narrar, quizá porque cuesta no depender del papel y uno le tiene miedo a su memoria.
Este sábado logré romper esa barrera que tenía con la narración. Beatriz y Graciela, en esto, se han convertido en mis maestras. Sí, porque viéndolas y escuchándolas realmente aprendo mucho de ellas, y cosas de las que antes no tenía mucha idea.
Este sábado me animé a contar ese cuento de Graciela Montes que tanto me gusta y que siempre tengo en mi memoria: “Sapo verde”. Un cuento que descrubrí en primaria y siempre quedó en mí guardado. Años después lo encontré y lo saqué a la luz. Me di cuenta lo importante que es elegir una historia para contar, lo importante que es “que te llegue” realmente y que puedas transmitir lo que a uno le transmite. Y este es uno de esos cuentos que se nota que me gustan. Termino el cuento y veo las caras de los chicos… Y eso te dice todo. Yo sonrío, con gran sonrisa de sapo como la de Humberto en el cuento, porque logré transmitirles algo, generarles alguna sensación. Es el poder de una buena historia, como dice nuestra amiga Silvina de Tierra de Libros. Y para mí, también es el poder de la palabra, de quien la escribe y quien la narra.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.